¿Cómo estamos viviendo la pandemia? Asians nos cuentan:
Voces
/ 21.04.20

Texto por Pai Pai Magazine
Ilustración por Luna Wang

Desde el número 45 de la Casa Blanca hasta mediocres pero populares influencers de izquierdas, muy pocas personas se han abstenido en proporcionar más leña al fuego antichino y antiasiático. Sin ningún tipo de remordimiento o segunda reflexión, personas blancas, y en un espectro más amplio, personas no-asiáticas, han compartido alegremente declaraciones, memes, bromas y todo tipo de material que ceba el imaginario racista que equivale coronavirus a lo chino, y consiguientemente, también todo lo asiático.

La pandemia es global, si bien las particularidades de cada ciudad y de cada circunstancia personal dibujan un panorama muy diverso, aunque igualmente desolador, de cómo nuestra diáspora lo está viviendo. El mínimo común denominador en todas las experiencias ha sido simple y llanamente el racismo. 

La intención de recopilar experiencias de amistades y amistades de amistades, todas ellas asian, es abrir una conversación sobre qué nos ocurre colectivamente. Trazamos un hilo que nos conecta a todes, con nuestras experiencias diversas, pero comunes. Dos sencillas preguntas hemos emitido a asians en diferentes países. ¿Qué ha significado para ti ser asian durante la pandemia de COVID-19? ¿Qué te ha ayudado navegar estos tiempos? Nos respondieron lo siguiente:

Lily Tjon, 32, Ámsterdam, influencer (HashtagbyLily) y emprendedora (Basecreatecollab).

Han bajado los ingresos del supermercado asiático (lo que aquí llamamos “toko”) de mis padres. Les clientes básicamente solo van a comprar a un establecimiento, en vez de varios. Así que supongo que van a otros supermercados, en vez de ir a tokos. Empezaron a recibir menos clientes justo antes de la cuarentena aquí, así que mi madre me preguntó si era por la COVID-19 que estaban evitando ir a locales de asians, aunque supongo que nunca lo llegaremos a saber realmente. Mis padres están tomando todas las medidas, usando mascarillas por ejemplo, pero aquí en Holanda nadie lleva, no forma parte de la cultura. Creo que es una medida sencilla para reducir el riesgo de infección. Un chaleco antibalas no te garantiza que te salvará la vida, pero podría hacerlo. Yo lo intento normalizar desde mi plataforma, porque han habido casos de asians que llevaban mascarillas que han recibido palizas, algo que por ejemplo le asusta a mi abuelo, que vive en pueblo holandés y que la lleva para hacer la compra. 

La generación previa a la nuestra se ha tenido que callar bastantes cosas, mi generación habla mucho más de la discriminación y creo que es nuestro derecho y a la vez obligación mostrar lo que está pasando. Como he podido crear una audiencia desde mi blog y página de Instagram, creo que es mi deber hablar sobre todo esto. Escribí sobre mi frustración con la gente racista e ignorante, y con este artículo he recibido muy buen feedback de la comunidad. Ahora, más que nunca, tenemos que educar a la gente sobre el hecho de que no hace gracia hacer chistes racistas.

Raisa Carmen 21, Ámsterdam y Seúl, estudiante de creación de conceptos e investigación de tendencias.

Ahora mismo estoy estudiando en una universidad para mujeres en Seúl, Corea del Sur, aunque vengo de Holanda. Llegué antes del pico de la COVID-19 a mediados de febrero y personalmente me ha sorprendido bastante lo rápido que se ha convertido en una pandemia. Como Corea del Sur ya ha tenido experiencia con el MERS, inmediatamente tomaron medidas de prevención. No tuvieron que confinarnos a todes de manera nacional porque la ciudadanía escuchó al gobierno y se tomaron la propuesta del auto aislamiento en serio. Decidieron cerrar eventos y locales, pero la gente no entró en pánico, se preocuparon más que nada les unes por les otres. Mis compañeras de clase surcoreanas se disculparon porque no tuve la oportunidad de hacer mucho turismo, pero estoy bien, eso no me molesta. La verdad es que aquí me siento más segura que en mi ciudad, que tuvo el primer caso de COVID-19 en Holanda.

Aunque sea una extranjera, parte asiática, aquí en Corea del Sur, yo no he sentido ningún tipo de discriminación por el virus

Aunque sea una extranjera, parte asiática, aquí en Corea del Sur, yo no he sentido ningún tipo de discriminación por el virus, en comparación a mis amigues asians en Holanda, donde son minoría. La verdad es que me sentí muy decepcionada por las historias que salían de mi país. Durante mi estancia aquí he notado las diferencias entre la mentalidad asiática y occidental. La primera siendo una mentalidad colectiva de “qué podemos hacer por nuestra sociedad y para cuidar de nuestra comunidad” versus una mentalidad individualista de “le echo la culpa al resto y pienso en qué puedo hacer para protegerme a mi misme”. Estos días estoy teniendo tiempo para reflexionar, llamar a mis seres queridos y aprender de mi estancia en Seúl. El clima primaveral hace más difícil el aislamiento, pero poco a poco la comunidad está disfrutando de excursiones a la torre Namsan y picnics bajo el famoso río Han.

Leticia Sayuri, 26, Pedro Juan Caballero, artista plástica, asiática-latina, birracial y fronteriza.

Como mujer asiática, latina, birracial y fronteriza, mi vivencia en estas últimas semanas de pandemia es extremadamente confusa. Nunca sé a qué debería temer primero, ¿al racismo?, ¿a contagiarme?, ¿a la crisis económica inminente que para muchos conlleva elegir entre morir de hambre o morir del virus? ¿o el miedo a que mi ciudad nunca más vuelva a ser la misma, debido al cambio drástico en el modo de vivir de nuestra comunidad con el cierre de una frontera que para nosotros antes de todo esto jamás existió sino como un concepto abstracto e intangible­?

En la vivencia de todos los asians de mi comunidad, estos tres elementos siempre convergían: Brasil, Asia y Paraguay. Esta peculiaridad era también lo que permitía que en una ciudad pequeña del interior tengamos acceso a recursos e insumos como comida y otros productos asiáticos, que, aunque a algunos le parezcan futilidades nos proporcionan confort emocional y sensación de cercanía con nuestra cultura. Es extremadamente confuso y frustrante este cambio repentino, de literalmente poder cruzar a otro país al doblar la esquina a tener un cercado de alambres de púa y militares en cada esquina. Todos los habitantes de ambas ciudades, asians o no, tenemos algún vínculo familiar y/o afectivo al otro lado de la frontera al que no podemos ver en el momento.

Siempre he estado encerrada en mi microambiente familiar, es el que siempre me ha dado soporte y continúa siendo así. Más que nada me incentiva el sentimiento de poder proteger a mi familia con el conocimiento al que tuve el privilegio de acceder y así lograr de manera un poco más eficiente aplicar los métodos de prevención. Además de estar muy agradecida al arte y los amigos que le proporcionan un poco de respiro a mi salud emocional posibilitándome un escape momentáneo de todo esto. 

María Miura, 37, Madrid, investigadora haafu de estudios interculturales de España y Japón.

Para empezar, en grupos de padres y madres de Whatsapp, se han estado compartiendo este tipo de “chistes” racistas relacionados con la comunidad china y la COVID-19.  A raíz de denunciar el tinte racista de estos “chistes” salió a relucir la fragilidad blanca, el «no, yo no soy racista, es que no entiendes el chiste», etc. Para finalizar así invitándome a abandonar el grupo de Whatsapp si me sentía a disgusto presenciando este tipo de “chistes”. Por supuesto, varias personas del grupo apoyaron abiertamente a la persona racista y ninguno defendió mi postura porque, «qué mala y victimista soy, que estoy llamando a un blanco racista». Con el paso de los días, algunas personas han mostrado apoyo y empatía, pero siempre en privado. Es decepcionante ver cómo muchas personas se quedan calladas ante este tipo de contenido tan dañino, por mucho que a puerta cerrada lo condenen.

Este hecho, desgraciadamente, no ha sido el único. He visto cómo personas se colocan su bufanda en la cara al verme pasar en el autobús, comerciantes que me miran con cara de auténtico pánico cuando he entrado en su negocio y he contabilizado más de tres agresiones verbales presenciadas con mi hijo de 5 años. Pero los comentarios racistas no terminan con grupos de conocidos o desconocidos. Incluso algunos de mis familiares blancos han compartido este tipo de memes racistas bajo la excusa de esta pandemia. 

Lo que me ha ayudado a sobrellevar todo ha sido relacionarme con personas racializadas, creo importantísimo que nos apoyemos en estos duros momentos porque el racismo nos afecta a todas las comunidades racializadas en España. Lamentablemente, un intento de compartir todas estas vivencias racistas con mis familiares blancos solo me llevará a un debate donde se cuestionen mis sentimientos y se justifique de una forma u otra al racista.

Elisabeth Gullach, 27, Copenhague, tiene un máster en estudios migratorios y es cofundadora de (un)told pages, el primer festival literario de Dinamarca que exclusivamente cuenta con autores indígenas, negres y racializades.

Ser asiática durante la COVID-19 ha hecho que sea incluso más consciente de mi propio cuerpo. Al haber crecido en un país mayoritariamente blanco, siempre he sido súper consciente de que no era blanca, pero ahora es mucho más violento. Ha sido súper difícil ver cómo la gente trata a mi hija. Al menos ella no se da cuenta de la manera en que la miran, que ya no es la misma. Te rompe el corazón ver como alguien mira a tu hije con cara de asco. Esto es lo que me ha dolido más. Aparte de eso, esto solo ha reforzado el racismo que he sufrido toda mi vida. Solo se ha vuelto más visible y aceptado. 

Ha sido muy importante para mí tener a mi pareja para reconfortarme y entenderme. Hacer videollamadas con amigues y hablar de normal con elles me ha ayudado bastante. Ha sido muy duro no verles en persona, pero al menos estamos juntes en esto. Escribí un artículo sobre racismo anti-asian con dos amigues, y eso me ha ayudado bastante – el poder compartir experiencias pero también hacer algo al respecto, para no sentir que solamente me soltaban racistadas que me hacían daño, sino también para poder combatirlo. Me ha conmovido bastante, y ha sido maravilloso ver todas las respuestas positivas que hemos recibido.

Laura Na, Copenhague, periodista y antropóloga visual. Es miembro del colectivo decolonial Marronage.

En estos momentos me siento incluso más hipervisible en Dinamarca, el corazón de la blanquitud en el que vivo. Me siento más alerta cuando camino por la calle y he notado a gente que para, se me queda mirando y que de manera exagerada se aleja de mí para mantener la distancia. En las dos primeras semanas del confinamiento, estos sentimientos de alienación se convirtieron en paranoia y desconfianza en todo lo que me rodea, al no reconocer mi realidad. Mientras tanto, los debates sobre el racismo anti-asian y esas dinámicas de siempre de “no ver colores” y de la fragilidad blanca han ido apareciendo en el discurso público de vez en cuando. He dejado las discusiones en redes y me estoy esforzando en intentar protegerme a mí misma y mi energía al no meterme más en este discurso público. 

Todo esto, en conjunto con mis amigues y conocidos que me escriben para compartir sus experiencias personales con el racismo, me han llevado a los recuerdos y sentimientos de mi infancia y a lo largo de mi vida. Flashbacks de amantes fetichizadores, el bullying de mi infancia y los estereotipos culturales. Creo que la experiencia en general de ser este asiátique en Dinamarca es la condición continua de verte a ti misme a través de los ojos de otres. Esto crea obstáculos a la hora de existir en tu propio imaginario y de disfrutar de una cultura, historia e identidad a la que yo nunca tuve acceso.

Saber que tengo amigues, aliades y una comunidad que están sujetas al racismo pero que a la vez se organizan para cuidarse entre elles, me da esperanza ahora mismo. Significa mucho para mí que mis amigues hayan mostrado confianza, que hayan tomado precauciones y que también insistan en que estos momentos sean agotadores y requieran un ritmo más pausado. La interrupción de la productividad diaria ha creado en mí el sentimiento de pertenecer a mi casa y mis compis de casa y estar viviendo esta crisis con elles nos ha acercado bastante. Además, han surgido diferentes maneras de organizarse de forma creativa: una radio colaborativa, un piso compartido con reflexiones espontáneas y banner drops esporádicas han reforzado la noción de estar unides en la distancia. Esto me enseña de nuevo cómo las comunidades y los círculos en los que me encuentro saben adaptarse y sobrevivir, y también cómo esta condición de emergencia es solo otra experiencia en la que de alguna manera sabemos vivir y prosperar. 

Karessa Malaya Ramos, 35, Madrid, comunicadora de profesión y escritora por vocación. Encantada de ser madre soltera, mahilig magbasa, kumain at magluto, en ese orden. Canta mal para ser filipina. 

Ser asiática ha significado sacar a la luz toda la mierda racista que hay en este país. La primera vez que algo me removió adentro fue el último día que trabajamos desde la oficina. Era en el metro. Pasé delante de un señor asiático que llevaba una mascarilla. Me miró sorprendido y se apartó rápidamente, poniendo más de dos metros de distancia entre nosotros. Se me encogió el corazón. Le miré y sentí muchas ganas de llorar. Ya habían salido muchas noticias sobre ataques racistas en España y no sabía si ese hombre las había leído y por eso tenía tanta precaución… El caso es que fui observando a las personas blancas con mascarillas. No parecían estar tan conscientes de esos dos metros de separación. Me dio la sensación que ese hombre asiático estaba haciendo esfuerzo extra para mostrar que estaba siendo buen ciudadano. 

Unos días después, en el pueblo, salí a comprar con mi hijo pequeño, de cuatro años. Nos cruzamos con un señor blanco, de unos setenta, que se acercó y con hostilidad, me dijo que el niño debería estar en casa. Le contesté que él también. Se ve que no esperaba esa respuesta y balbuceó sobre la recomendación del médico, blablablá. Terminó mandándome a mi “puto pais”. No era la primera vez que me enfrentaba a un machirulo similar, pero las circunstancias eran otras. Ese hombre llevaba un bastón y después de escuchar y leer noticias y testimonios sobre ataques racistas, me preparé para lo peor. Me dio miedo porque si me metía en un lío, podía acabar en la comisaría, y mi hijo ¿con quién se quedaría?

Escribir, leer, hablar con mi comunidad de escritoras, y con mis amigas racializadas me ha ayudado a mantener los ánimos desde el día uno del confinamiento. También, hace una semana, otro hombre blanco me sonrió saliendo del Mercadona, y me deseó un buen día. Estaba tan emocionada que tuve que parar para no acabar llorando allí mismo. Sentí alegría, pero a la vez frustración, porque un acto que debería ser “normal”, se había convertido en algo “especial” y me hizo pensar que si era así, no voy a querer volver a lo que conocía como “la normalidad” tras este período de confinamiento. Menudo mundo donde lanzar a mi hijo…

Sunny Fojas, 40, Barcelona, tagala y feminista interseccional.

Ha sido un duro golpe de realidad en el que el racismo, la xenofobia y la sinofobia se han hecho clara y duramente presentes en mi día a día. Soy filipina, o mejor dicho, tagala, criada en España. Llevo aquí desde 1985 y nunca había sufrido tantas agresiones racistas como ahora.

Antes de la cuarentena, estando en el parque con mi peque de 2 años, me di cuenta que de repente padres y madres se llevaban a sus niños de nuestro lado diciéndoles «deja eso ahora mismo, vámonos» con cara de horror. «Aléjate de esos chinos» o directamente personas comentándose entre ellas que alguien tendría que echarnos del parque. Sé que opté por la vía cobarde de simplemente seguir en el parque dejando que Giacomo disfrutara de su juego, puesto que aún no es consciente de estas agresiones. Simplemente no tenía ni energía ni ganas de confrontar sola a esas familias.

Después de publicar un post en Instagram donde explicaba que era racista no sentarse a mi lado en un vagón lleno de personas, simplemente por temor a contagio con el hashtag #nosoyunvirus, empecé a recibir mensajes de personas que no conocía diciéndome, entre otras cosas, que me volviera a mi país. Otros mensajes fueron: «Gracias por este virus #chinoscochinos», «China de mierda, por vuestra culpa vamos a morir todos, sois peor que la peste #sucioschinos», «Ojalá te mueras china de mierda, sí que sois un virus». Un total de 15 mensajes en los 3 días posteriores a ese post y después un pequeño goteo de dos o tres mensajes más. Tampoco sabía muy bien qué hacer mas que bloquear a estas personas y reportarlas.

Gracias a esta pandemia y a las agresiones racistas que he sufrido, me puse en contacto con personas que están haciendo una gran labor como los colectivos Catàrsia, Indali, Liwai, Red de Cuidados Antirracistas y sé que no estoy sola y que puedo aportar más de lo que hubiera imaginado a esta comunidad.


Soy consciente de ser una privilegiada. Tengo una casa donde refugiarme, puedo teletrabajar, tengo la documentación en regla… Sé que desde esta posición puedo y quiero hacer más para ayudar y dar soporte a mis compañeres racializades. Gracias a esta pandemia y a las agresiones racistas que he sufrido, me puse en contacto con personas que están haciendo una gran labor como los colectivos Catàrsia, Indali, Liwai, Red de Cuidados Antirracistas y sé que no estoy sola y que puedo aportar más de lo que hubiera imaginado a esta comunidad.

Considero fundamental seguir educándome a mí y a mi familia en el antirracismo, debe formar parte de nuestras vidas 365 días al año, 24 horas al día.

Shinji Nagabe, 45, Madrid, fotógrafo y periodista de origen japonés-brasileño que trabaja identidad y costumbres en su obra.

Al principio de la pandemia me sentía incómodo con mi apariencia y mi presencia asiática. Tuve una experiencia más sutil como cuando una abuela apartó a su nieto de mi cuando me vio. Pero intento entenderlo, es algo que le ha pasado también a otras comunidades… El ser humano a veces puede ser muy individualista. El confinamiento ha hecho que dedique más tiempo a cosas simples como pintar o cocinar. Cocino recetas que me hagan sentir bien, lo que llaman “comfort food”, las que me enseñó mi madre, que las aprendió de sus abueles de Japón. Un problema es que los supermercados asiáticos han sido afectados por esto, y tenemos menos acceso a productos asiáticos.

He aprendido que es necesario tener una rutina diaria y semanal. Dormir bien, no consumir demasiada información, especialmente de noche. Creo que nos adaptamos a todo, incluso en los peores momentos. Nunca me gustaron demasiado las videoconferencias pero me están ayudando a conectar con mi familia, con la ayuda de la tecnología puedo ver a mi madre cultivar su jardín, podemos participar en fiestas online y puedo ayudar a mis amigues si lo precisan. Como asiático que ha crecido en una familia shintoista, he intentado probar de verle los dos lados a todo, especialmente el lado positivo. Creo que saldremos de esta pandemia siendo más solidaries. Incluso valoraremos cosas tan simples como los abrazos, la contemplación de la naturaleza, etc.

Lisa Wool-Rim Sjöblom, 42, Auckland, ilustradora de cómics y activista de derechos de personas adoptadas. Es autora de las memorias gráficas “Palimpsest” (Drawn & Quarterly).

Los abusos y los insultos racistas no son nada nuevo para mí, los he vivido toda mi vida. La principal diferencia es que ahora los medios los están denunciando y más gente de lo normal está reconociendo que les asians están siendo señalades y atacades. Siento que he pasado de ser invisible a hipervisible, pero por la peor de las razones. En todas partes veo imágenes, memes y vídeos que muestran caricaturas racistas, estereotípicas y deshumanizantes de asians y esto me rompe el corazón. Y no solo por parte de gente ignorante en redes, sino que también por parte de medios de comunicación serios y programas infantiles. La gente que crea y comparte estas caricaturas se defienden diciendo que no tienen malas intenciones y que no todo el mundo pilla los chistes, mientras que les asians siguen siendo abusades. El odio hacia les asians en general y a les chines en particular, siempre ha estado “bajo la superficie”. Ahora parece que ha sido destapado y que la gente por fin tiene la excusa que han estado buscando para dejar salir todo ese racismo.

Suelo usar los cómics como una manera de lidiar con lo difícil, así que al dibujar y escribir he podido expresar algunos de mis miedos y frustraciones. Mucha gente se ha sentido conmovida por las viñetas que he estado compartiendo en Instagram, y he recibido muchos mensajes de apoyo y amor. Me ha ayudado bastante hablar y colaborar con otres amigues y artistas asian y, claro, también pasar tiempo con mis hijes y pareja. Aquí en Nueva Zelanda, donde vivo, el país ha estado confinado dos semanas, así que he estado bastante a gusto en mi burbuja con mis maravilloses y creatives hijes. Se me ha hecho todo más fácil con elles.

Lihua, 26, Madrid, mujer que ha crecido en España. No le gustan las etiquetas ni quiere definirse a sí misma mediante su profesión, claramente por los privilegios blancos que supone. Estudia, escribe e investiga libremente. Prefiere autodefinirse como china que ha vivido en un país europeo sin haberlo elegido.

Para quienes hemos tenido que crecer en países blancos por nuestra familia, conocemos el racismo desde edades tempranas. Aprendimos a usar el tenedor y el cuchillo en el comedor del colegio al mismo tiempo que nos enseñaban en casa cómo teníamos que comportarnos —sobre todo las mujeres— según los valores, esos que no han cambiado hasta ahora, los que nos han moldeado y mantenido resilientes contra el mundo externo. Ser asiática significa conocer cómo es vivir entre dos mundos opuestos, te hace diferente y no menos especial. Con el tiempo construyes tus mejores armas para combatir las peores guerras diarias. Ha llegado el momento de sacarlas con la llegada del coronavirus. Personalmente, nací en China, me vine a España siendo una niña. Una infancia dura suele dejarte huella. Pero no conoces tu fortaleza interior hasta que llega un momento extremo y te pone a prueba.

Desde que empezó a brotar el virus en Wuhan hasta el comienzo de la cuarentena aquí en España, este tema no ha ido más que ganando protagonismo. Al principio mis colegas españoles iban muy relajados, incluso bromeaban. Había mucho escepticismo. Las mascarillas eran un tema de ficción; ahora se han puesto de moda y todos las hacen en casa. En la calle, en el transporte público, en la cafetería, en el trabajo la gente me miraba y se tapaba la boca al ver mi rostro asiático… Ha sido una discriminación colectiva. Hasta que no se decretó el confinamiento, ningún blanco se ha tomado en serio este virus. Muertes masivas, contagios numerosos, penas severas, desocialización, problemas económicos e incertidumbre.

La próxima vez que te discriminen recordarás quién eres. Sin miedo: asiática sin más.

Lo único que queda es psicológico. Descubres que tu vida como asiática —repleta de cicatrices agridulces— cobra sentido. Ante una situación radical como esta, estamos más que preparados. Mientras los colegas blancos aún se contaban chistes, nuestros familiares y amigos ya los habían adelantado con su sentido práctico, sin más remedio tuvieron que ir cerrando los negocios, haciendo cuarentenas voluntarias y cumpliendo todas las medidas preventivas. A pesar del racismo, los asiáticos salían a regalar mascarillas. Hechos, no palabras. Ayudan, protegen, dan sin recibir, te sientes respaldada. La próxima vez que te discriminen recordarás quién eres. Sin miedo: asiática sin más.

Khoa Sinclair, 25, Nueva York, activista de derechos queer racializados en la vida nocturna de Nueva York. Promueve espacios accesibles y seguros para residentes locales. 

Ser asian durante las últimas semanas de la pandemia de COVID ha sido difícil, pero mi experiencia personal ha sido un tanto particular. Como una persona queer y gender non-conforming he experimentado odio y discriminación desde que tengo uso de memoria. Estar en alerta y consciente siempre ha sido algo incrustado en mi mente. Pero con el ascenso de delitos de odio hacia asians por la COVID, he tenido que adaptarme a la amplificación de aquello con lo que ya tengo que lidiar en mi día a día. Estoy hiper vigilante de cada situación en la que me encuentro, temiendo por mi seguridad y mi bienestar. Sin embargo, me encuentro a mí misme temiendo también por otres asians que veo en en el espacio público, en especial, la población mayor, quienes son “el blanco” fácil.

Este legado de supervivencia y lucha es algo que corre en la sangre de mi gente y mi comunidad.

He hablado con muchas de mis amistades sobre este tema y algo que a menudo olvidamos es la fuerza que tiene nuestra mente. Si bien, del dicho al hecho hay un largo trecho, he navegado estos difíciles momentos cambiando mi percepción y mis expectativas de vida. En vez de pensar en todo esto, pienso en el ahora. Sobrevivir en sí mismo ya es una manera de afrontarlo y para muches eso ya debería ser suficiente. También limito mi consumo de medios de comunicación y evito hablar del tema de forma demasiado extensa. La negatividad crónica te puede matar. Nuestras comunidades son todo lo que tenemos en tiempos como estos. Si bien esta analogía es extrema, cuando me encuentro muy mal, pienso en el camino de mi gente. Pienso en mi madre, quién escapó de la guerra de Vietnam en un barco diminuto, junto con tantas otras personas que sufrieron años horrorosos por un país deshecho por una guerra. Este legado de supervivencia y lucha es algo que corre en la sangre de mi gente y mi comunidad. En este sentido, reflexionar sobre ello me ha dado fuerza durantes las últimas semanas. Me uní a una fiesta virtual de Bubble T el último finde y simplemente ver las caras de mi comunidad instantáneamente elevó mi espíritu. Estos encuentros virtuales dan a la comunidad un lugar común donde no solo expresar solidaridad, sino además cuidamos de nosotros.