Cómo salí del clóset con mi madre asiática
Voces
/ 04.12.20

Texto y fotografía por Cris Chen

Decidí salir del clóset con mi madre en la noche de mi cumpleaños número 32. Ella preparaba dumplings mientras enumeraba las cosas del freezer que quería que me llevara y me sugería cómo cocinarlas. Entre que separaba las milanesas de seitán y los baozi, tomó un respiro para colar los dumplings y aproveché esos segundos de silencio que se generaron para tomar impulso.

Le dije: 媽, 我有重要的事要跟您說 (Ma, tengo algo importante que decirte)».
Vi cómo se le encogió el cuerpo y preocupada me preguntó: 怎樣?妳交男朋友嗎?生病了嗎 (¿Qué, tenés novio?, ¿estás enferma?).

Le negué ambas preguntas y vi cómo tomaba aire para preguntarme qué es eso que le tengo que contar. «我喜歡女生” (Me gustan las mujeres) le digo, sabiendo que eso no es exactamente lo que quiero decir pero es la expresión idiomática que lo simplifica. No me encuentro con la idea de «同志» (homosexual) y no tengo el nivel de chino o taiwanés para explicarle a mi madre qué es «酷兒» (queer/cuir); visiblemente mortificada me dijo cosas que no voy a repetir porque no la quiero someter al juicio de personas que no la conocen, pero sí hay una respuesta que todavía resuena en mi cabeza días después: «Hubiese preferido que no me contaras, ya no voy a estar dentro de poco, prefería no saber.»

Los intercambios sociales se dan en términos donde la verdad es y no es, donde existe y no.

La expresión en chino para la verdad es 真相 zhēnxiàng, su traducción podría ser del orden de la verdadera cara, pero más interesante culturalmente es la idea de 面子 miànzi (apariencias) y la noción de 保住面子 bǎozhù miànzi(mantener las apariencias). Los intercambios sociales se dan en términos donde la verdad es y no es, donde existe y no. Se dice que uno no mantiene apariencias por su propio ego, lo hace para sostener el tejido social; no es una cuestión individual, es colectiva.

Mi respuesta al deseo de no saber de mi madre fue: 但是我需要您知道,對我來說很重要 (Pero yo necesito que sepas, es importante para mí ). Contar mi verdad abrió la caja donde se encontraban las suposiciones que mi familia tenía sobre mí pero jamás iba a mencionar. La caja donde la verdad es y no es. Hablar sobre el tema quita la máscara a las apariencias y rompe la armonía familiar. En este acto, pongo mi individualidad por sobre el colectivo. Ser primera generación me expuso al abismo cultural entre mis padres y yo incontables veces.

Fuera de la diferencia generacional que experimentan las personas blancas de mi edad con sus progenitores, adhiero la complejidad que implica que mi cosmovisión del mundo sea diametralmente diferente a la de mis padres. Al igual que muchos otros third culture kids, balanceo mi vida entre la asimilación y la búsqueda de un espacio en una cultura que siento terciarizada.

Billi es tratada como una extranjera durante toda la película: por su chino quebrado, por no entender las pautas culturales, por incomodar a su familia con su exhibición de emociones (…)

Recuerdo ver la película de Lulu Wang «The Farewell» (2019). En esta se genera un complot familiar para no contarle a la matriarca de la familia que tiene cáncer de pulmón terminal. Sufrí junto al personaje de Awkwafina, Billi, que creció en los EEUU y lucha contra la idea de mentirle a su abuela ya que cree que tiene derecho a la verdad.  Billi es tratada como una extranjera durante toda la película: por su chino quebrado, por no entender las pautas culturales, por incomodar a su familia con su exhibición de emociones en contextos que ellos no consideran adecuados, por añorar una ciudad de su infancia que dejó de existir como tal…

Se le menciona múltiples veces que «la familia» decidió que lo mejor era no contarle a su abuela su diagnóstico. Se forma una unidad-singular en la que ni Billie ni su abuela están incluidas ya que no son partícipes de esta elección. Si bien la intención detrás de la mentira es evitarle el dolor a la abuela, no puedo evitar sentir una enorme frustración ante el pacto de silencio impuesto por un supuesto bien común. Las personas desentendidas del código cultural implícito como Billie y yo, ¿somos traidoras de esta familia por no desear cargar con el peso del secreto?

¿Es por todas esas personas blancas con las que me vinculé sexoafectivamente que me miraron con pena cuando les dije que mi familia no lo sabía?

A varias semanas de mi cumpleaños me pregunto por qué decidí contarle aquello a mi madre. ¿Es por impulso de mi terapeuta blanca y heterosexual que siente que mi bloqueo reside en mi relación con mi madre? ¿Es por todas esas personas blancas con las que me vinculé sexoafectivamente que me miraron con pena cuando les dije que mi familia no lo sabía? ¿Es para demostrarle a mis amistades asiáticas que es posible transformar la relación con nuestros padres desde una base con mayor diálogo? ¿O es por esa niña gorda y china que la mandaron a que se vuelva a su país y haga dieta hasta reducir su subjetividad al tamaño de una caja que se convirtió en el único espacio en este mundo donde su existencia era relevante?

Tal vez es por la adulta en quien devine, harta del trabajo emocional al que me sometió este mundo dividido en dos. Donde por un lado, el espacio público me configuró identidades antes de tener decisión sobre ellas: asiática, gorda, feminizada, hipervisible en este país mayoritariamente blanco, eurocéntrico patriarcal, heteronormativo, gordofóbico. Todas mis etiquetas establecidas desde la otredad.

Y en contraparte, un espacio privado con pautas y reglas rígidas, donde cualquier construcción identitaria era desestimada y erosionada. Donde las necesidades personales eran invisibilizadas por un bien común. Intentar con el cuerpo cubrir océanos desde Taiwán a Argentina, sometiéndolo a las oleadas que buscaban moldearlo. Contarle a mi madre es una forma reivindicativa de prefigurar, ahí donde no hay un espacio público enjuiciándome ni un espacio privado callándome, habito y hago cuerpo de mí. Quiebro la culpa (consecuencia de crecer en una sociedad occidental) y la vergüenza (consecuencia de una crianza oriental) de ser en este mundo en el que siempre me sentí en falta.

Yo no salí del closet con mi madre, la invite a salir del suyo en un acto de amor y porque profundamente quiero creer que los tiempos efectivamente cambiaron

«時代不一樣了” (los tiempos cambiaron), es una frase que le repetimos a mi mamá cada vez que dice algo problemático. Nacida en los años cincuenta, migró a los 30 años al otro lado del mundo separada de sus afectos y su cultura. Allí donde, patriarcado y migración de por medio, dedicó los siguientes casi 40 años de su vida a su familia. Si los tiempos cambiaron, ella no supo ni quiso saberlo. En su mundo, reducido a la seguridad de esa casa en Caballito, sus hijas y sus nietos, el tiempo se detuvo. Yo no salí del closet con mi madre, la invite a salir del suyo en un acto de amor y porque profundamente quiero creer que los tiempos efectivamente cambiaron.

Mi madre y yo no volvimos a hablar desde esa noche. Todavía tengo baozi en el freezer, en unos días la acompaño a hacerse un estudio y espero que me ofrezca llevarme dumplings. Probablemente no hablemos de ésto nunca más. No espero de ella alguna demostración de aceptación ni entendimiento. No porque no la desee, sino porque comprendo sus límites.

Ésta no es una película LGTB blanca, no necesito que mi familia sanguínea haga más de lo que siempre hizo ni tengamos conversaciones emocionales sobre el hecho. Podemos volver a mantener las apariencias si es lo que ella necesita, sabiendo que el secreto ya no cae sobre mí sino que repartimos el peso de la verdad en esta unidad-singular llamada familia.