El espectro de un nombre
Voces
/ 10.03.20

Texto por Chenzhen H

Un nombre, más que un significado semántico o un historial lingüístico, también implica una carga de ser el ritual por el que te llaman durante buena parte de tu vida. Si no se cambia, el nombre es la sombra que te acompaña, que te recuerda que tú eres tú en relación a otras personas.

Recuerdo que en el colegio yo era la única persona en mi curso con el nombre Julio. Por ende, ese era el nombre con el que solían dirigirse a mí. En cambio, en el primer año de secundaria, en otro centro, había otro Julio en mi clase. Por lo que empezaron a llamarme por mi apellido: Hu ().

Fue el primer momento en un espacio mayoritariamente blanco y español en el que me llamaban por un significante no español. En ese colegio solo estuve un año, pero tengo mejores recuerdos con amistades allí que en los demás en Madrid, tanto los que precedieron como los previos. ¿Crees que tendrá que ver con ese uso de Hu, con pronunciación siempre castellana y decadente? Quizás sí, quizás…

Después de unos años siendo Julio, continuando como Julio, hace poco tiempo reconsideré el porqué del nombre. ¿Por qué yo, cada vez que me veía al espejo, no me pensaba como Julio? Julio era para personas ajenas, pensaba. Y si así era, ¿qué sentido tenía usar un nombre que ni siquiera era lo suficientemente legítimo para ser usado? Parecía un nombre entre comillas, un nombre traidor, un nombre imposible para alguien con mi cara: racializada y alejada del imaginario europeo y, por ende, español.

Y como un nombre es, lejos de pura individualidad, la manifestación de lo social en lo subjetivo, pensé que sería una buena idea preguntar a la persona más sabia para ello: mi abuela. Mi abuela y mi madre, tras tiempo de consultas en manuales y cálculos, llegaron a unos cuantos, que, tras meses de experimentación y prueba, acabaron en el actual: 胡陈臻; Hu Chen Zhen. Al haber heredado los apellidos tanto de mi padre como de mi madre en la nacionalidad española, consideraron conveniente usarlos también para la alquimia de un nuevo nombre.

Los nombres chinos, por lo general, tienen infinitas combinaciones, como la misma función creativa del lenguaje. Exceptuando algunos casos comunes, es difícil adivinar quién está detrás del nombre. A diferencia de los nombres de las lenguas romances, que en su gran mayoría tienen una fuerte connotación asociada a géneros binaristas, los nombres chinos son proclives a cambiar según los tiempos e igual que en tiempos maoístas alguien podría llamarse ‘vencer a los Estados Unidos’ (超美), además de mantener otros significados simultáneamente como ‘gran belleza’. La polisemia es la norma.

Parecía un nombre entre comillas, un nombre traidor, un nombre imposible para alguien con mi cara: racializada y alejada del imaginario europeo y, por ende, español. 

Con la costumbre de ser Julio, mis primeras reacciones a mi tan internamente celebrado Zhen (臻) era utilizar el carácter individualmente. Pero no es algo muy común dentro de lo sinófono usar un solo carácter. Normalmente, un nombre suele componerse de dos o más caracteres, y dependiendo del caso, se recita con el apellido, como iba a ser mi caso. Cuando llegué a China para estudiar un tiempo, el nombre que se fue normalizando fue 陈臻 (Chenzhen), uno que era más melódico que el solo Zhen y que, en un giro inesperado, dejaba de lado el apellido de mi padre por el de mi madre. Mi nombre Julio no podía entenderse sin el apellido 胡 (Hu) de mi padre, por las curiosas aliteraciones: Ju-lio Hu, Hu Ju-lio. De hecho, este fue el factor determinante por el que me acabaron llamando Julio.

En cambio, 陈臻 (Chenzhen) terminaba por tener más bien una relación estrecha con el apellido materno, 陈 (Chen). Una vez, ya en China, en un seminario sobre la cultura de los nombres, descubrí también que era una posibilidad el apropiarse de ambos apellidos para formar un nombre; incluso había quienes optaban por el apellido materno, habiendo vestigios de ello en otras épocas también.

La complejidad del nombre, sin referirme a lo estrictamente cultural, familiar o histórico, también es una respuesta social y política al vacío que deja la blanquitud y la europeización de nuestra corporeidad. La libertad con la que migrantes cambian a un nombre de una lengua romance (Cristina, Juan, Miguel, Sara, Sofía…) no está necesariamente vinculada a la desaparición de nuestras culturas no-europeas. Hay quienes eligen nombres por voluntad propia y por gusto, pero viéndolo desde una perspectiva más amplia, tendríamos que preguntar quiénes eligen y quiénes no, y qué ocurre con el último grupo de personas cuando deciden mantener sus nombres de origen.

También ayuda ver todo esto desde el pensamiento europeo y su evolución histórica. Un nombre es singular, unitario, es una esencia, es determinante (una línea que apenas se confrontaba hasta hace poco, cuando se comenzaron a replantear críticamente otros postulados). En cambio, en una cultura como la china, un nombre es solo performativo y da el caso para determinadas situaciones. Por esto último, juzgar también a quienes optan por un nombre español por conveniencia y supervivencia sería una suerte de racismo eurocéntrico si no se consideran bien las condiciones.

Para el caso de cómo los nombres chinos son altamente contextuales, solo hace falta recordar las múltiples formas de decir “nombre” que había en tiempos antiguos: 名, 姓, 字 y un puñado de caracteres más. Hoy se suelen utilizar dos de ellos juntos para comprender lo que es un nombre por su significado moderno: 名字 (ming zi). Cada significado en épocas pasadas se refería a un uso particular en contextos distintos. Muchas familias en el este de Asia mantienen la costumbre de tener al menos tres nombres: el de casa, el oficial y el de uso habitual.

Visto así, mi nombre 胡陈臻 es solo uno oficial, externo. Mi abuela, por ejemplo, sugirió llamarme de otra manera en casa, o usar simplemente dos caracteres en la vida privada. Además, está la cuestión de cuál es la pronunciación del nombre. Si lo leemos en chino mandarín, el pinyin designado sería Hu Chen Zhen. En cambio, leído en la lengua materna, el 温州话 (wenzhounés o wenchow), el obstáculo sería que no hay sistema escrito para plasmar en papel el nombre. Si me aventurara, la transcripción romanizada más cercana podría ser Vu Tzan-Tsan, Tsan refiriéndose a 臻 (zhen).

Esta diversidad lingüística en la esfera sinófona provoca que, no solo puede una persona tener varios nombres, sino que uno mismo tiene pronunciaciones y melodías radicalmente distintas dependiendo de quién las pronuncie y dónde. Ahora bien, si al ámbito lingüístico añado otros actuales que se han visto afectados por la modernidad en Asia y el impacto del transnacionalismo y sus contradicciones, la idea de un nombre ya no es solo contextual en lo cultural, sino que también pasa a tener mucha complejidad en los sistemas que nos modelan a día de hoy.

Tener un nombre, presentarme a otra persona, y que se dirijan a mí con cierta continuidad con como me había presentado en primer lugar no es solo un alivio: es también un tremendo paso para reconocer mi presencia como digna de respeto básico. 

Me gustaría cerrar este texto desorganizado y caótico hablando de una reflexión que hace días compartí. Si antes ya había comentado que muy pocas veces me había sentido como Julio por mi presencia como cuerpo racializado y transnacional, también es por el uso limitado que ha tenido en mi vida social. Al fin y al cabo, si no te llaman por el nombre con el que te presentas, hay un conflicto entre la normatividad de un nombre y tu identidad. Dije que prefería que me llamaran Julio porque raramente me habían llamado así.

La gente blanca cis-normativa, que camina con su nombre a lo largo de su vida, mantiene una identidad supuestamente estable a lo largo de sus vidas; el nombre es un formalismo, algo cotidiano, un aburrimiento. Pueden no tener reparos en crear motes o nombrar despectivamente a otras personas. Para mí, lo habitual bien podría ser “chino cabrón”, “puto chino”, “chinito” o “yang”. Tener un nombre, presentarme a otra persona, y que se dirijan a mí con cierta continuidad con cómo me había presentado en primer lugar no es solo un alivio: es también un tremendo paso para reconocer mi presencia como digna de respeto básico. “¡Chenzhen!”. La excusa para alguien que no habla chino mandarín sería decir que, por miedo a pronunciarlo de otra manera, decidiera llamarme Julio. Lo comprendo. ¿Qué tal si probamos Julio en una conversación oral y Chenzhen por escrito?

Me gustaría añadir un comentario que pueda ser responsable del texto. Escribir para mí es, más que un ejercicio individual; un acto colectivo, un diálogo situado, una ruptura o una alianza, una memoria o una historia. Por eso, lo que voy a escribir no es solo de mi obra, es también las lecturas que he acumulado, las historias de Instagram que me han podido inspirar, los numerosos hilos de tuits que me han dado ideas y, sobre todo, mis experiencias e intercambios con otras personas que tanto me han impactado.

Como no es posible dar con todas las anteriores con mera reminiscencia o raciocinio, diré las que se me ocurren de primeras: (1) Anna y Mercedes por su espacio en PaiPai, (1.1) Anna por las conversaciones ocasionales que hemos tenido acerca del nombre y su proximidad con la blanquitud, (2) Berna en una cena de Oryza y su explicación de los nombres heredados en su familia, (2.1) Sara Bun cuando hablamos de su nombre japonés, (2.2) Neo y Jun cuando tuvimos una conversación por chat sobre nombres chinos en un grupo de WhatsApp, (2.3) Paloma y las noticias sobre mis nuevos nombres, (2.4) amistades racializadas cuando contábamos las historias de nuestros nombres, (3) un artículo de Qian Jinghua en Overland, (4) un artículo en Critical Ethnic Studies, (4.1) muchos artículos, poemas o escritos en AAWW (Asian American Writers’ Workshop), (4.2) este artículo de Pikara, (4.3) y éste además de unos cuantos escritos más de Gal-Dem, (5) mi hermana, (6) mi madre y mi abuela, (7) mi padre, (8) mi experiencia en distintos espacios desde colegios en España hasta hoy en China, pasando por trámites en la administración pública española, (9) mis años frecuentando en juegos de rol en línea en los que me esforzaba por dar con nombres precisos para los personajes que creaba y (10) las películas, cómics o novelas que he podido seguir a lo largo de mi vida.